Por Bernardo Orellana
La realidad pandémica que ha acontecido este último año ha hecho que repensemos la danza y sus procesos de creación. Eso nos lleva a dialogar con el tema de la ponencia El cuerpo en la virtualidad, danza sin fronteras, dictada en el Festival del Caribe de Santiago de Cuba, el 3 junio, 2021.
Antes de vivir la pandemia de COVID 19, tuvimos ciertos paradigmas en la danza. Premisas tales como:“la danza es cuerpo en movimiento” o “la danza solo se acciona en la colectividad”,y si nos detenemos en la segunda idea, observamos que, esa colectividad nos permite entender la relación del cuerpo con el mundo y lo sucedido (pandemia) nos hace darnos cuenta que en el encierro, todo este espacio de colectividad se vive desde el sentir social, pero en la soledad o unicidad del cuerpo en cuarentena, lo que resignifica la idea de lo colectivo como cuerpos presentes y cercanos en la experiencia.
Primero nos exige repensarnos como seres humanos a nivel social y nos obliga a repensar qué es lo que sucede con respecto a la danza. Les voy a hablar sobre como se ha vivido en los espacios dancísticos chilenos (compañías estatales y agrupaciones o profesionales independientes) y, sobre todo, en los espacios creativos y educativos en los que me desempeño -Escuela de la danza del Instituto Profesional Escuela Moderna de Música y Danza.Por lo tanto, sale la interrogante ¿cómo hemos pensado el sostener nuestra necesidad de ser cuerpo? Nuestra necesidad de estar en una constante inspiración creativa que nos permita sostener ese pulso vital, esa necesidad con la que siempre hemos pensado nuestro hacer artístico.
Videodanza Dimensional. Foto: Cortesía del autor
Iniciaré desde ciertos puntos de Alain Badiou, filósofo francés, quien nos plantea que muchas veces nosotros dependiendo de las experiencias de vida vamos a enfrentar demonios, situaciones que tienen que ver con las realidades de la temporalidad en que vivimos. Esos demonios tienen que ver con los automatismos sociales que nos obligan a actuar de ciertas maneras, a comportarnos con ciertas reglas y que, por tanto, nos han hecho muchas veces cuestionarnos si los cambios pueden ser posibles, si estamos preparados para enfrentar cambios tan drásticos como los que hemos tenido que enfrentar este último año. A veces nos llenamos de juicios y prejuicios que no nos permiten salir de los espacios de confort, estos idearios no nos permiten seguir reflexionando sobre ciertas cosas esenciales en la vida como libertad, la realidad, la identidad, etc., valores o acciones que transformamos en paradigmas y que, finalmente, nos hacen cuestionarnos.
Esta alienación con que vivimos, este demonio de la temporalidad, nos hace cuestionar desde qué lugar seguimos construyendo historia. Una pregunta que surge es: ¿Se paralizó el mundo con este proceso de pandemia que hemos vivido? ¿Se paralizó la danza o se sigue escribiendo o generando danza? Se sigue escribiendo la historia, se sigue construyendo en ella y, claramente, los bailarines hemos sido resilientes y hemos seguido viviendo un proceso de activación creativa.
Repensar los modos de maquinación del tiempo sería una variante, y lo primero que tendríamos que pensar con respecto a la temporalidad es: cómo vamos a pensar la contemporaneidad, cómo vamos a pensar este aquí y ahora. Giorgio Agamben, filósofo italiano, propone que este presente y el que vivimos,no es otra cosa que una parte de lo vivido, lo que impide el acceso concreto en lo que nosotros estamos relacionando de la propia vida, esta idea, nos obliga a entender el presente y, sobre todo, un presente como el que estamos viviendo.
Por lo tanto, tenemos que observar aquello que nos debería llevar a lo que, según las reglas sociedades, es al éxito y no al disfrute de ese día a día con el que construimos nuestros propios procesos.
La contemporaneidad tiene que ver con ese espacio no vivido, con ese espacio que todavía necesita ser ocupado. Agamben habla de una oscuridad que en algún momento se va a llenar de luz porque va a ser atendida por aquellos que están sobrellevando ese lugar, no desde la atención de lo personal, atención como concreción de la vida, y por lo tanto es tomar conciencia, es realmente ser contemporáneo, pues significa en este sentido, y en este momento tan importante, volver a un presente, justamente a atender este presente que, generalmente, no estamos atentos a vivirlo porque o estamos muy pendientes de ese pasado que no logramos terminar de accionar, o muy deseosos de construir hacia un futuro, pero ese anacronismo que nos hizo vivir este encierro, también nos hizo vivir estas nuevas formas de pensar la danza.
Videodanza Dimensional. Foto: Cortesía del autor
Nos ha obligado a entendernos como esos seres contemporáneos que están en espacios de oscuridad, pero que finalmente emergen a la luz y pueden vivir ese lugar, es mucho más rico en sus procesos de construcción simbólica y de sentido de vida. Esto último en mi caso estimuló la necesidad de seguir creando y trabajé en este año en dos piezas, que para mí son fundamentales para entender este fenómeno del encierro y la posibilidad de repensar la danza. Inicio con esta relación de retrospección presentándoles el primero de los video- danza llamado Dimensional, trabajo en el que me adentré durante la pandemia, explorando la individualización y la soledad que nos provocaban este tipo de proceso, y eso ayudó efectivamente a que pudiese construir nuevos métodos de trabajo a la distancia, métodos de comunicación con el otro, nuevas formas de reorganización del espacio creativo.
Me encontré con el bailarín chileno Sebastián Rojas Trujillo dispuesto a entrar en ese proceso por medio de las vías virtuales y estuvimos trabajando las simbologías de la obra. Pensamos cómo estaba reorganizándose el cuerpo, pensamos también desde qué lugar nosotros íbamos a traspasar la danza, específicamente cómo se iba a transformar esa danza que está acostumbrada a pensarse para un escenario, se debía llevar a un momento real, a un acontecimiento en específico, debía transformarse en algo visual, en algo que iba a quedar en el tiempo, no en las redes sociales. Había que ser claros, ser concretos con respecto a la forma del discurso, entonces nos preguntábamos si era necesario sólo tener cuerpo, si era necesario sólo tener palabras, nos preguntábamos si era necesario ocupar esta visualidad del video que permite desde las posibilidades técnicas jugar con la temporalidad y visualidad, para construir también el espacio coreográfico, o si sólo queríamos referenciar un cuerpo danzando (hablando del paradigma antes mencionado donde la danza se construye de un cuerpo en movimiento que acciona el discurso desde sus gestos) y que estuviera ahí presente a los ojos del otro.
Estas respuestas se fueron dando solas, se fueron encontrando según las necesidades discursivas y en los momentos en que realmente nosotros teníamos que encontrar fidelidad a nuestra forma de sentir ese suceso que vivíamos, entonces la video-danza Dimensional se fue transformando en la visibilización de nuestras emociones, en este caso interpretadas por Sebastián Rojas, que abrió su espacio íntimo: el cuarto de su casa, su clóset, su cama, su forma de vivir y nos fue permitiendo reconstruir la idea de cuerpo en la danza.
Videodanza Intimidades&Distancias. Foto: Cortesía del autor
Esta danza, a pesar de que estaba enclaustrada y se ejecutaba en un espacio de intimidad como el propio cuarto del intérprete, se exponía y se mostraba ante los ojos de los demás. Eso abre el mundo, nos abre al mundo porque te empiezas a cuestionar cómo es el lenguaje necesario para la danza, y nos seguimos preguntando: ¿Parte de la improvisación? ¿Parte de lo técnico? ¿Parte del ser? ¿Dónde y cómo realmente esas emociones las traspasó a esa escena? La virtualidad nos permitió encontrarnos con esos procesos-respuestas y, por otro lado, empezamos a cuestionarnos qué pasaba con el colectivo, qué pasaba con los otros, o si era sólo un diálogo entre Bernardo como creador y Sebastián como intérprete.
Al editar el vídeo nos encontramos con un tercer factor, la posproducción, tan necesaria en los procesos del trabajo virtual. Ahí se terminó de armar la coreografía y apareció un tercer miembro al equipo, Tomás Sebastián, bailarín mexicano y creador de video danzas, que aportó su mirada fusionada desde sus dos especialidades, esa lógica espacial que nosotros estábamos tratando de entender, lo que sucedía con esa forma de traspasar el cuerpo más allá de la bidimensionalidad (como esa única morada frontal que permite la pantalla). En equipo nos preguntamos qué significan las cámaras como espectador, cómo podíamos darle profundidad a los movimientos y a las emociones que se estaban transmitiendo. Y entonces, el juego del trabajo productivo, de la edición del video, terminó de solidificar nuestras ideas y de poder estrenar la obra.
Construir ese proceso de trabajo coreográfico fue muy sensible y entrañable, porque se generaron diálogos sinceros, porque nos empezamos a dar cuenta que, a pesar de que estábamos en países distintos, podíamos entendernos, porque todos estábamos viviendo una realidad mundial, y todos estábamos sintiendo desde los mismos encierros y problemáticas. Entonces se empezó a generar una cercanía, por eso pienso que la danza perdió las fronteras, ya no era importante estar en un mismo salón, ya no era importante vivir en un mismo territorio. Ahora era importante un lugar común, que para nosotros era la danza, espacio de reflexión y hacer, que nos permitió ser resistentes como seres humanos.
El video fue tomando fuerza por sí solo y cumplió con todas nuestras expectativas, se traspasó ese cuerpo, y más allá de esta realidad virtual se transformaron espacios simbólicos importantes y es cuando reconocemos lo que nosotros, finalmente, estábamos alcanzando, construyendo historia y generando respuestas que nos ayuden a enfrentar estos demonios de los que Badiou nos hablaba.
Empezamos a construir un nuevo comienzo, porque todos esos paradigmas o esos temores que teníamos con respecto al encierro o a la danza desaparecieron, y se fue demostrando que había muchas otras formas de vivir esa danza. Nos dimos cuenta que no pretendíamos solo hacer video danza, queríamos generar acciones desde las posibilidades de la tecnología existentes que hasta ese momento en algunas ocasiones los coreógrafos usaban como herramienta, pero ahora ese era el único escenario posible y por tal estábamos repensando el cuerpo en si.
A ese trabajo le sumamos una nueva experiencia, la de darnos cuenta de que se podía seguir generando en colectivo, y al dar el paso de reutilizar ese espacio físico nos vimos obligados a experimentar más y empezó el nuevo proceso, que es la continuidad de Dimensional, y tiene que ver con la intimidad y la distancia. Entonces aparece Intimidades&Distancias, que se transformó en un espacio coreográfico concreto, con todas los dispositivos creativos que habíamos descubierto en el primer proceso. Y lo que hicimos fue llamar a bailarines de varias latitudes del mundo, personas residentes en México (David Villada, bailarín y Erick Medina, actor), en Italia (Eguert Rodríguez, bailarín) y en Chile (Sebastián Rojas, bailarín y Francisc Bustamante, artista visual. Fuimos construyendo ciertos espacios de exploración con respecto a estas premisas, lo de la intimidad que se hacía pública, esos espacios cotidianos que fueron parte de esa danza diaria con la que todos nosotros, como bailarines, nos vimos reconstruyendo para sostener y resistir el proceso de la pandemia. Encontramos nuevas premisas con respecto a cómo dialogar con los cuerpos, descubriendo qué queríamos mostrar de esos cuerpos, que es lo que yo como creador e intérprete necesitaba hacer para poder sentirme libre en esa exposición que genera la virtualidad.
Videodanza Intimidades&Distancias. Foto: Cortesía del autor
Preguntarse cómo me construyo y elijo espacios del cotidiano, como el estar en una ducha, el levantarme, mirar por la ventana. El acto de reconocernos nos permitió redescubrir el mundo, reaparecieron preguntas primarias: qué significa el cielo, qué significan los árboles, etcétera, estos cuestionamientos simples, me permitían entender si ese proceso de relación intimidad-distancia cierra ese ciclo de construcción de danza.
Me doy cuenta que la danza sigue viviendo un espacio real, sigue construyendo cada acontecimiento, desde su necesidad creativa y desde lógicas específicas que hacen posible que siga teniendo un espacio concreto, en cualquier tipo de realidad.
Era importante compartir esta experiencia, este modo de entender los discursos, esta forma de relacionar los cambios necesarios y existentes para entendernos como seres contemporáneos; como estos seres, según dice Agamben, que desde la oscuridad salen a la luz y que son capaces de repensarse, de reinventarse y, sobre todo, de hacerse visibles, porque van construyendo este presente, porque van construyendo esa realidad necesaria para que el cuerpo siga presente como espacio de construcción.
Ojalá estas reflexiones, permitan generar muchas más y podamos seguir encontrándonos en y desde la danza y, sobre todo, desde lugares que nos ayuden a entender todos estos cambios que estamos viviendo.